Mujer africana
Eduardo Bettencourt Pinto
Eduardo Bettencourt Pinto
Abres las persianas, ves la calle. Del otro lado,
una mujer negra, las manos mojadas
sobre el mandil. Está descalza. La piel del rostro
rebrilla: es una agitación de penumbra
refrescándose con la brisa.
Hay un rumor latente en su mundo.
Se le ve en los ojos. Son dos lagos crispados
donde refulge la diáfana luz de la mañana.
¿Qué decir de una mujer pobre,
lavando el cansancio de los otros en un tanque de cemento?
Siempre la has visto ahí, incluso ahora,
treinta años después.
Piensas en sus manos con espuma de jabón,
el sudor de vidrio cayéndole del rostro,
el patio ahogado en la crispación de los árboles
(alguna higuera y dos papayas solitarias),
y en el tanque, donde ella curvaba su vida exasperada,
dia tras dia, arrugando el agua sucia entre los dedos
en una quietud de rio adormecido
en su proprio silencio.
Traducción de Penélope Pedreira
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